La primera mañana en la mansión de Dante no trajo el sol que prometía el cielo de Estambul. Para mí, el aire seguía oliendo a flores muertas y a promesas rotas. Me desperté en el ala este, en una habitación fría y excesivamente lujosa que gritaba que yo era una invitada a la que nadie quería recibir.
Bajé a desayunar, todavía sintiendo el peso del anillo en mi dedo como si fuera una cadena. Dante ya estaba allí, sentado al extremo de la mesa, oculto tras una tableta y una taza de café negro. El