El sonido de las sirenas de policía rasgando la quietud de la lujosa urbanización de La Moraleja fue la música más dulce que Alessia Valerón pudo imaginar. Desde el asiento trasero de su coche, a unos metros de la entrada de la mansión Santoro, observó cómo las luces azules y rojas bailaban sobre la fachada de piedra que una vez llamó hogar.
Dante Santoro salió escoltado. No llevaba su habitual traje de tres piezas, sino una camisa desabrochada y el rostro descompuesto por la incredulidad. Tras