JULIETA
El aire en mi sala se volvió gélido a pesar de que la calefacción estaba encendida. Estaba de pie, atrapada en un triángulo invisible entre Liam, que me miraba con una posesividad que me quemaba la piel, y Diego, que mantenía una calma profesional demasiado perfecta para ser real.
Me sentía ridícula en mi bata de dormir, descalza y con el cabello hecho un desastre, frente a dos hombres que parecían estar midiendo sus fuerzas sobre mi alfombra.
—Liam es de la familia, Diego —dije, tratan