Los golpes resonaron con fuerza, haciendo temblar los marcos de la ventana. Mi corazón latía con violencia mientras Lucía, Maritza y Roberto se acercaban unos a otros, como si buscaran refugio el uno en el otro. “No abras”, susurró Maritza, sus manos temblando sobre mi brazo. Pero la curiosidad y el miedo me empujaron hacia adelante. Abrí la puerta y encontré a dos hombres de aspecto serio, uno con una placa de policía en el bolsillo. “Somos de la fuerza pública”, dijo el más alto. “Venimos por