La luna aún brillaba cuando regresé a mi habitación, las palabras de mi abuela resonando en mi cabeza como un eco que no desaparecía. ¿Verdad? ¿Maldición? Durante diez vidas, había creído que mi sufrimiento era producto de la envidia de Elena, de la indiferencia de Diego, de la debilidad de mis padres. Pero tal vez había algo más, algo enterrado bajo las raíces de las rosas marchitas, bajo los suelos de mármol de la mansión Castellanos. Me acosté en la cama, mirando el techo, y decidí: esta vez