El sol se levantó sobre la mansión Castellanos, pintando las torres de oro y rosa, mientras los policías llevaban a mis padres hacia los coches de patrulla. Elena seguía llorando en el suelo, abrazada a Diego, mientras yo me preparaba para partir. Las cartas y documentos que había encontrado en el sótano y en la oficina de mi padre estaban guardados en mi mochila —pruebas irrefutables de la corrupción, el tráfico de armas, el lavado de dinero y los asesinatos que habían marcado a la familia dur