El médico llegó cuando la luna ya había cubierto el jardín de rosas marchitas con su luz plateada. Su tacones resonaron en el pasillo como un reloj que cuenta el tiempo restante. Me tocó la frente, miró mis ojos con una mirada fría y escribió en su cuaderno: “Trastorno de identidad, ideación suicida, obediencia patológica.” Mi madre entró detrás de él, llorando, mientras Diego se apoyaba en la puerta, su rostro impasible. “¿Qué le pasa a mi hija?” preguntó mi madre. El médico suspiró: “Necesita