El silencio en la mansión de los Soler no era un silencio de paz; era el silencio que precede al estallido de una granada. Me desperté a las cuatro de la mañana, sintiendo el calor del cuerpo de Dante a mi espalda. Su respiración era acompasada, profunda, la respiración de un hombre que se cree dueño del mundo y de todas las voluntades que lo habitan.
Me zafé de su abrazo con la agilidad de una sombra. En el baño, la luz blanca del tocador reveló las ojeras que el maquillaje ya no podía ocultar