El aire de la noche en la ciudad no era más limpio que el del sótano donde Elena y Thiago habían malvivido los últimos cinco años, pero esta noche se sentía distinto. Se sentía eléctrico. Elena caminaba por la acera, aún con los pantalones del traje de mascota puestos, cargando a un Thiago que se había quedado dormido por el agotamiento y el trauma de ver a su padre convertido en un extraño rodeado de oro.
Cada paso que daba Elena era un juramento. Las luces de los rascacielos, muchos de los cu