Los dos días siguientes fueron de alerta máxima. Rocco no me hablaba — solo me miraba con miedo y rabia, como si yo fuera un animal peligroso que tenía que controlar. Marco me ayudaba en silencio: me traía agua caliente, me dejaba escapar al patio para entrenar con Mireya sin que Rocco lo supiera. “Cuídate”, me susurró una mañana, mientras me daba un trozo de queso. “El lobo que viene es peor que Cayetano. Se llama Rogelio — es famoso por maltratar a las lobas que compra.”
Mi corazón se tensó,