Después de que Cayetano y Liam se fueran, me quedé sentada en el banco del salón, con la luz de la luna entrando por la ventana. Rosa se acercó de nuevo y me abrazó — su abrazo era cálido, seguro, como el de una hermana. Sentí cómo sus dedos se enroscaban en mi pelo, como si me estuviera protegiendo de todo el mal del mundo.
“Yo creí en ti desde el primer día”, susurró ella en mi oído. “Cuando llegaste, con el vestido roto y las lágrimas en los ojos, vi algo en ti — algo que no se rompe. Y ahor