Los días siguientes fueron de espera. Guardaba el celular de Diego en un agujero que había hecho en la pared de mi habitación, lo más seguro posible. Mireya continuaba con el entrenamiento por las noches — ahora, me enseñaba a controlar la luz lunar para ver en la oscuridad y a sentir la presencia de otros lobos a distancia. Mis piernas estaban casi curadas: podía ponerme de pie por unos minutos y caminar con ayuda de un palo.
“El momento llegará muy pronto”, me dijo Mireya una noche en el pati