El silencio en alta mar era más aterrador que el estruendo de los motores. Las tres lanchas flotaban como ataúdes de fibra de vidrio sobre el Mediterráneo. Mila estaba pálida, su cabeza apoyada en el regazo de Dante mientras la s@ngre de su tobillo manchaba la cubierta blanca. En su mano cerrada, apretaba el chip: ese pequeño fragmento de cristal negro que había definido su vida sin que ella lo supiera.
Dante no perdió un segundo. Usó su propia corbata de seda para improvisar un vendaje compres