El sonido del mar contra las paredes de la cueva se volvió un rugido amenazante. Dante se puso en pie con dificultad, sujetándose las costillas, mientras el cuerpo de Julián flotaba inerte en el agua baja. La revelación de que Mila llevaba los secretos de los Invisibles literalmente bajo su piel había cambiado las reglas del juego.
—Súbete a la lancha —ordenó Dante, su voz rasposa por el esfuerzo—. Ahora, Mila.
—¡No me voy a mover de aquí hasta que me expliques cómo es que mi madre me convirtió