El aire en la cabaña se volvió irrespirable. El olor a salitre fue reemplazado por el hedor metálico del pasado que volvía a reclamar sus deudas. Mila miró a su madre, Elena, a quien había llorado durante quince años, y luego a Dante, el hombre que le había dado una razón para seguir viva.
—Mientes —susurró Mila, aunque su voz temblaba—. Dante me sacó de las llamas. Tengo su s@ngre en mi piel.
—Te sacó porque era el único que sabía dónde estaba el chip —respondió Elena, sin bajar el arma. Sus o