La oscuridad del sótano no era lo más asfixiante; era la lógica retorcida con la que Dante había construido mi jaula. Me habían arrojado allí como a una criminal, y cada minuto que pasaba, mi mente intentaba encontrar el error en el sistema. ¿Cómo podía él, un hombre que levantó un imperio detectando mentiras, ser tan ciego?
La respuesta llegó con el chirrido de la puerta. Pero no fue Marcus quien entró primero, fue Elena.
Se veía impecable, con un vestido de seda blanca que contrastaba violent