Desperté con Martina llorando —ya va un año y medio, y le da miedo la oscuridad. La cogo en mis brazos y la acaricio, susurrándole al oído: "Tranquila, mi amor, mamá está aquí. Nadie te hará daño." Mientras lo hago, pienso en Valeria: seguro que Lucas nunca llora de miedo, porque tiene a papá y mamá juntos, en una casa grande y caliente.
Me levanto y me preparo el café —el mismo que hago todos los días, barato y amargo, igual que mi vida. Martina se sienta en su silla pequeña y empieza a comer