Un año después de la apertura de la sucursal en Tokio, la familia estaba de regreso en la ciudad. Mendoza había expandido sus operaciones a más países de Asia y Europa, y era ahora una de las empresas más importantes del mundo — todo bajo la dirección de Catalina y Santiago, que trabajaban juntos como un equipo perfecto.
María Catalina tenía un año y medio, y era una niña activa y sonriente, que corría por el jardín de la mansión y llamaba a todos por su nombre: "Papá" a Santiago, "Mamá" a Cata