El tribunal olía a madera vieja y a una solemnidad que me oprimía el pecho. Era la primera vez que salía de la mansión en meses, y el peso de las miradas ajenas me hacía sentir expuesta. Dante caminaba a mi lado, manteniendo una distancia respetuosa pero alerta, como un guardián que sabe que no tiene derecho a tocar la joya que protege.
Cuando las puertas dobles se abrieron, el silencio se instaló en la sala. Y ahí estaba ella.
Elena estaba sentada en el banco de los acusados. Ya no vestía seda