La luz del sol que entraba por los ventanales de la habitación ya no me reconfortaba; me resultaba extraña, casi ofensiva. Había pasado una semana desde que salí del sótano. Mi cuerpo se recuperaba lentamente bajo la vigilancia de especialistas que Dante había contratado para compensar su culpa, pero mi alma seguía atrapada en la penumbra.
Dante no se había separado de la casa. Pasaba las horas sentado en el sillón frente a mi cama, observándome comer como si cada bocado que yo daba fuera un gr