El ataque no llegó de frente.
Llegó disfrazado de voz temblorosa, de mujer herida, de madre valiente que había decidido “romper el silencio”.
Llegó una mañana cualquiera, tres semanas después de la cena en aquel restaurante, cuando mi vida comenzaba —por fin— a sentirse estable.
Yo estaba en el gimnasio. Auriculares puestos. Sudando. Concentrada en no pensar demasiado. En no mirar el teléfono cada cinco minutos. En fingir que el mundo no podía alcanzarme si corría lo suficientemente rápido.
Rub