La emoción no dura intacta mucho tiempo.
Apenas se asienta, llega el peso.
La audición no es una más. No es un “tal vez”. No es una puerta pequeña. Es de esas oportunidades que te colocan en una línea clara: o entras, o te quedas mirando cómo otros lo hacen.
Paso la mañana leyendo el guion con una concentración que no recordaba. Apago el teléfono. Dejo el café enfriarse. Subrayo con lápiz, escribo notas al margen, tacho frases que no me pertenecen todavía. No actúo. Analizo. Entiendo. Desarmo.
Rubi se mueve por el departamento con una energía distinta. No está nerviosa por mí; está alerta por el contexto. Hace llamadas, pide información, revisa nombres. Me observa como si yo fuera un proyecto serio, no una ilusión.
—No quiero que improvises nada —dice desde la cocina—. Quieren verte pensar.
—Lo sé.
—Y no quiero que llegues cansada.
—Lo sé.
—Y no quiero que te cruces con nadie que no tengas que cruzarte.
Me detengo y la miro.
—No puedo esconderme.
—No te estoy pidiendo que te escondas