Eva
Me despierto antes de que suene la alarma.
No porque esté nerviosa, ni porque tenga un rodaje temprano. Me despierto porque ya me acostumbré a abrir los ojos así: tranquila, sin sobresaltos, sin esa sensación de urgencia que antes me apretaba el pecho cada mañana.
La luz entra por las ventanas grandes del apartamento. Todavía me parece extraño decirlo sin ironía: mi apartamento. No es enorme ni ostentoso, pero es luminoso, silencioso, y está en un barrio donde nadie grita por las noches ni golpea paredes ajenas.
Me quedo unos segundos mirando el techo, respirando hondo.
La vida no es perfecta, pero es mía.
—Eva —dice Rubi desde la cocina—. No te muevas.
Eso, por supuesto, significa que debo moverme.
Me incorporo justo cuando ella aparece en el marco de la puerta con la tablet en la mano y una expresión que conozco bien: esa mezcla de curiosidad genuina y ganas de molestar.
—¿Qué hiciste ahora? —pregunto, apoyándome en los codos.
—Nada —responde demasiado rápido—. Técnicamente, tú