El bolígrafo se siente pesado entre mis dedos, aunque es uno común, barato, de esos que regalan en cualquier oficina. Aun así, cuando escribo mi nombre en la última hoja del contrato, me tiemblan un poco las manos.
Eva.
Mi nombre, ahí, en un papel que no tiene nada que ver con cafés, ni camerinos, ni gritos. Un papel que dice que voy a ser la imagen de una campaña. Que alguien apostó por mí.
—Listo —dice la mujer de la agencia, sonriendo—. Bienvenida.
Levanto la vista y le devuelvo la sonrisa,