ANDREW
La decisión se siente extrañamente simple cuando por fin la acepto.
No porque sea fácil. No porque no vaya a destruir cosas.
Sino porque ya no tengo energía para seguir fingiendo.
Me paso la mano por el rostro y vuelvo a mirar el teléfono, como si el brillo de la pantalla pudiera darme una respuesta más clara que la que ya tengo. No la da. Nunca la da. Es solo un recordatorio de lo que he estado evitando.
Eva.
El nombre vuelve una y otra vez, como una idea que no se me despega de la piel. No debería estar aquí. No debería haber entrado en mi vida de esta manera. No debería haberme hecho cuestionar todo lo que creía estable. Y aun así, pasó.
Lo peor es que no fue solo deseo.
Eso lo podría manejar. Lo podría encerrar en una explicación cómoda: estrés, curiosidad, un error, un arrebato. Pero no es eso. Lo supe cuando la vi salir de mi oficina sin pedir permiso, sin suplicar, sin quedarse a ver si yo reaccionaba. Y lo confirmé cuando vi a Hellen hoy... y no sentí ganas de correr ha