ANDREW
No sé en qué momento dejé de pensar con claridad.
Solo sé que Eva sigue ahí, frente a mí, demasiado cerca, y que todo lo que debería importarme —la hora, la agenda, las paredes de esta oficina— se vuelve secundario. Hay algo en su forma de mirarme que me hace perder la cabeza.
Estoy a punto de hacer algo que no debería pasar otra vez en esta oficina, el calor de su cuerpo y su aroma embriagador hace no piense, su mirada expectante hace que quiera hacerla llorar de placer.
Tacones.
Reconozco ese ritmo incluso antes de que se detengan frente a la puerta.
Un golpe seco.
—Andrew —dice la voz de Hellen desde afuera—. Ábreme.
Eva me mira. No hay pánico en su expresión, solo una alerta rápida. Yo tampoco lo pienso demasiado.
—Debajo de la mesa —murmuro.
Ella entiende de inmediato. Se mueve con cuidado, se desliza al suelo y desaparece bajo el escritorio justo cuando la manija gira.
Pero la puerta no se abre.
Está cerrada con seguro.
Hellen prueba de nuevo.
—Andrew,