Diez años pueden parecer una vida entera.
O un parpadeo.
Depende de desde dónde se miren.
Esta mañana, el desayuno fue un caos distinto al de antes. No de pañales ni de llanto, sino de mochilas mal cerradas, libros olvidados y un niño —ya no tan niño— discutiendo conmigo porque “mamá, ya no tengo cinco años”.
Tiene once.
Andrew lo observaba desde la cabecera de la mesa, con esa media sonrisa que siempre aparece cuando ve algo suyo reflejado en él.
—Escucha a tu madre —dijo con calma—. Au