No fue dramático, ni hubo sirenas ni persecuciones como en las películas. Solo tres golpes firmes en la puerta, secos y autoritarios, que hicieron vibrar el silencio del apartamento. Andrew y yo nos miramos al mismo tiempo; no hizo falta decir nada, ambos supimos de inmediato lo que significaban.
Fui yo quien caminó primero, sintiendo cómo el corazón me golpeaba el pecho con fuerza. Al abrir, me encontré con dos oficiales uniformados. Sus rostros eran neutros, casi amables, pero la postura rect