Rubí
Eva estaba sentada en la orilla de la cama, con el celular entre las manos, como si fuera una bomba a punto de explotar. Yo la miraba desde la puerta, apoyada en el marco, con los brazos cruzados.
Tenía esa cara.
La conocía demasiado bien.
Esa mezcla peligrosa de vergüenza y emoción. Como cuando sabe que algo está mal, pero decide creer igual.
—No me mires así —me dijo sin levantar la vista—. No he hecho nada malo.
—Todavía —respondí.
Levantó la cabeza y me lanzó una mirada de adver