Eva
Daniel ya se había ido cuando Rubi cerró la puerta detrás de él. El departamento quedó en silencio, un silencio espeso, incómodo, cargado de todo lo que no habíamos dicho en voz alta mientras él aún estaba allí. Me dejé caer en el sofá, como si el cuerpo ya no pudiera sostener el peso de mis propias decisiones.
Rubi se sentó frente a mí, con las piernas cruzadas y esa mirada suya que siempre parecía leerme incluso cuando yo misma no quería hacerlo.
—Así que… —dijo lentamente— vas a volver a