Mundo ficciónIniciar sesiónTítulo propuesto: El Silencio de la Luna
Punto de vista: Rocío
Estoy lista. Mi madre me obsequió un vestido sencillo, pero encantador. Aunque soy menuda —mido 1.60 y peso unos 53 kilos—, mi hermano siempre bromea diciendo que mi figura es prominente "en la delantera". Me río sola al recordarlo. Hoy no me ha llamado, quizás por la falta de señal en esta zona, pero daría lo que fuera por tenerlo aquí.
Mis padres, con su exceso de afecto, van a terminar provocándome diabetes. —¡Dios mío, qué empalagosos! —les recrimino divertida al verlos abrazados, besándose sin el menor pudor. Ojalá algún día experimente algo así con mi mate, aunque le advertiré que no sea tan intenso como ellos.
Nos dirigimos al bosque para el ritual. Allí me encuentro con Sofía Vólkov, mi mejor amiga. Ambas compartimos platónicos suspiros por los "chicos guapos" que están en el País A; son tan simpáticos y... ¡uff!, guapísimos. Sofía aún no ha pasado por su cambio, pues cumple años el 24 de febrero.
—¡Falta poquito! Te traje un chocolate para que recuperes energías —me dice con una sonrisa—. Dicen que la transformación te deja agotada. ¡Ah! Y también traje agua. —Ay, Dios, amiga, ¡te amo! —le respondo entre risas mientras nos abrazamos.
Mi madre me apresura. Sofía me mira con los ojos brillantes de emoción: —Me muero por conocer a tu loba. Ya quiero que sea mi cumpleaños para que podamos correr juntas. —Yo también lo deseo, Sofi.
Antes de marcharse, Sofía observa a mis padres con una pizca de envidia sana. —Rocío... quiero un mate como tu papá. Quédate con alguien que te mire como él mira a tu mamá. ¡Es hermoso! —Su voz se apaga un poco al añadir—: Y pensar que mi padre rechazó a mi madre y se largó a otra manada... Gracias a mis abuelos ella salió adelante. ¡Qué suerte tienes!
Sus palabras me dejan pensando. Quizás estoy madurando, pero hoy valoro más que nunca ese lazo invisible que los une. Soy afortunada. Finalmente, llegamos a lo profundo del bosque.
Tengo el cabello castaño claro, largo hasta la cintura. Casi todas las mujeres de la manada lo llevamos así porque, al transformarnos, la ropa se destruye y el cabello es lo único que nos cubre al volver a la forma humana. Estoy temblando. Mi madre me indica que me sitúe bajo la luz de la luna para que mi loba emerja. Me paro firme, esperando que la Diosa Selene me bendiga.
Espero. Los minutos pasan. La luna brilla en lo alto, pero en mi interior solo hay vacío. Nada ocurre. «No me transformé. No tengo loba. No tendré mate».
La hiperventilación me golpea y las lágrimas brotan sin control. Mi madre me abraza, aunque su propia voz tiembla al intentar consolarme. Mi padre nos envuelve a ambas, llorando en silencio. Es la primera vez que lo veo así. Nos sentamos en el lugar preparado para el pícnic, pero no hay nada que celebrar.
—¿Hice algo mal? ¿Por qué la Diosa no me bendijo? —grito entre sollozos—. ¡No tendré mate! No tendré hijos... no seré parte de nada.
Quiero desaparecer. Dormir y no despertar. Grito hasta que el agotamiento me vence.
Despierto en mi cama. El dolor en el pecho es una punzada constante, más fuerte que nunca. Es sábado, al menos no tengo que fingir normalidad en el instituto. Me queda el último año, pero ¿para qué seguir? Siempre quise aprender a defenderme, pero ¿de qué sirve la técnica si no tengo la fuerza del lobo?
No sé cómo decírselo a Lucas o a Sofía. Ellos avanzarán, mientras yo me quedo estancada en un cuerpo humano. Y ese amor de mis padres que antes me parecía molesto... ahora es el recordatorio constante de lo que jamás tendré. Este dolor no se irá nunca.







