Mundo de ficçãoIniciar sessãoEl camino hacia el territorio de Luna Carmesí era un descenso a los infiernos. A medida que avanzábamos, la vegetación se volvía terrorífica y retorcida, y el cielo se teñía de un matiz purpura enfermizo. El aire empezaba a olor a azufre y a muerte seca.
La caravana desaceleró cuando llegamos a la imponente entrada de la manada. El pánico me poseyó, haciéndome gritar como loca, con la certeza de que en cuanto pusiera un pie dentro, no habría vuelta atrás ni oportunidad de escape. Sería yo sola contra mil demonios.
—¡SUELTEMNE! ¡No tiene derecho a traerme en contra de mi voluntad!
—¡Cállate perra! —espeto con desdén un omega—.
Me congele, atónita por su descaro y falta de respeto. Los omegas tiene un papel importante en la dinámica de las manadas, pero también son el eslabón más bajo en la jerarquía. ¿Cómo carajo se atrevía a hablarme así? Aunque realmente no fuera una Thorne legitima, seguía siendo una Alfa y eso era suficiente para que tuviera que pensar dos veces como me hablaba. Me quedaba más que claro que Alfa Connor y su hijo, ya se habían encargado de menospreciarme e irrespetarme delante de su gente, arrebatándome cualquier rastro de dignidad y lugar.
Me sacaron sin un gramo de delicadeza de esa estrecha caja con barrotes que llamaban carruaje y me arrastraron hasta lanzarme contra el piso de un gran espacio iluminado por enormes candelabros, obligándome a caer de rodillas ante los siete peldaños de granito que había ante mí.
El frío del suelo me subía por las piernas, pero era nada comparado con el vacío que habitaba en mi pecho. Alce la vista y el aliento se me quedó estancado en la garganta.
Mako estaba recostado en su trono, con una sonrisa pícara y maldita. El mármol gélido del asiento hacía que su figura destacara como una mancha de sangre sobre la nieve. Detrás de él, dos lobos de piedra oscura parecían vibran con una furia silenciosa, sus ojos granate rojo fijos en mi persona, como si esperaran la señal de su amo para saltar del respaldo y devorarme hasta el alma.
El salón del trono de la manada Carmesí no era una estancia diseñada para la diplomacia, sino un monumento al dominio y a la violencia. Era una cavidad inmensa de techos abovedados que parecían perderse en una negrura perpetua, donde el aire era denso, cargado de un frío mineral y el eco de respiraciones contenidas.
Él se reclino, apoyando un brazo sobre la cabeza esculpida de otro lobo, acariciando la obsidiana con una familiaridad enfermiza.
—Mírate, Valkiria —dijo, y su voz rebotó en las columnas, multiplicándose—. En las tierras de los Thorne, eras una promesa. Aquí en mi salón, eres solo un recordatorio de que incluso las leyendas pueden ser defectuosas.
—¿Qué quieres de mí, Mako? ¿Por qué me has traído hasta aquí? —cuestioné—. Ya dejaste en claro tu desprecio hacia esta bastarda. Me rechazaste delante de toda mi manada. ¡Déjame ir y vivir mi vida en paz! —exigí, con mi voz temblando de ira—.
Él, se puso de pie con la elegancia de un depredador que sabe que su presa no tiene a donde huir. Bajó los peldaños lentamente, uno a uno. El brillo azulado de los braseros iluminaba su cabello rojizo, dándole un aspecto demoníaco.
—¿Preferirías ser una renegada? ¿Una de esas lobas inmundas desterrada de sus tierras y abandonadas a su suerte? Sería un gran desperdicio dejar a una alfa tan bien proporcionada como tú, a su suerte… ¿no crees?
—¡Prefiero ser una rata de alcantarilla que estar un minuto más a tu lado! —escupí con desdén—.
Su expresión se oscureció, me sujetó con brusquedad de la barbilla y soltó una sonrisa cruel que era capaz de erizar la piel de todo aquel que la escuchara.
—Mi padre quería ejecutarte en el Círculo de la Luna —continuó, manteniendo mi mentón alzado, obligándome a mirarlo—. Dijo que una sangre tan impura no merece ni el aire que respira. Pero yo… yo veo potencial en las cosas rotas.
Sus palabras me revolvieron el estómago. No era más que un peón descartable en el enorme tablero de juego entre ellos y mi padre. Una herramienta para asegurar sus intereses.
—¿Sabes que hay debajo de este salón? —preguntó en un susurro— Hay una red de túneles que no conocen la luz. Mazmorras donde los lobos dejan de existir. Allí abajo también vive mi mayor fracaso y mi mayor triunfo. Alguien que bajo mi yugo se convirtió en una sombra encadenada.
Mako se inclinó, agarrando el collar de zafiros que aun colgaba de mi cuello. Con un tirón seco, rompió la joya, esparciendo las piedras por el suelo e hiriendo mi piel en el proceso.
—Dicen que el linaje de los dioses, si es que existe, es lo único que puede calmar a la bestia. Así que vamos a hacer una apuesta, pequeña mutante. Si sobrevives una noche en la celda de El Kan, quizá, y solo quizá, considere dejarte vivir como mi esclava personal. Si no.… bueno, las sombras siempre tienen hambre.
Se giró hacia sus guerreros, que esperaban en la penumbra del salón.
—¡Traedla! —ordenó con un grito que hizo que hasta los lobos de piedra parecieran vibrar.
Los guardias me agarraron de los brazos y emprendieron el camino atrás de su amo. No sé cuántas vueltas dimos dentro de esa edificación, ni el tiempo que nos llevó; solo tuve la certeza de que nada bueno vendría cuando sentí los rugidos y vítores de una multitud. Un ruido que se hacía más fuerte con cada paso que dábamos hacia una estructura colosal tallada directamente en la roca de una montaña antigua.
Cuando las pesadas puertas frente a nosotros fueron abiertas de par en par, el clamor de las personas se transformó en un rugido rítmico, un cántico que hacía temblar el suelo bajo mis pies. Era un estruendo ensordecedor, una masa vibrante de miles de gargantas que reclamaban el inicio del espectáculo. Eran cientos de lobos sedientos de sangre aullando no a la luna, sino al dolor ajeno.
Mako caminó lentamente hacia el borde del balcón; una plataforma de mármol oscuro que parecía flotar sobre la multitud. Con un solo movimiento de su mano enguantada, el estruendo del coliseo murió instantáneamente, dejando solo el silbido del viento.
—¡Bienvenidos a la Arena de los Gritos! —rugió—.
—¡Mako! ¡Mako! ¡Mako! —coreaban, mientras golpeaban sus piernas contra el suelo—.
—¿Ves esto, Valkiria? —preguntó, pasando su daga de plata por mi rostro—. Este es tu nuevo mundo. Aquí no importan los linajes ni los apellidos. Aquí solo sobrevive quien muerde más fuerte.
Mi corazón comenzó a golpear mi caja torácica al darme cuenta de lo que realmente era ese lugar y lo que ahí hacían. La Arena, como la llamaban, era un lugar donde la sangre corría como el vino y la vida era más barata que el aire que respiraban. En el centro de la estructura se encontraba un pozo, una forma circular de arena negra compactada por décadas de sangre y sudor; que exhalaba un olor metálico persistente que se te impregnaba en la piel.







