Capítulo 2

Si existiera una noche ideal para morir, de seguro, sería esta.

No tuve tiempo de contener el grito de agonía que salió de mi garganta al escuchar el agonizante gorgojeo que efectúo mi madre. Todo rastro de rebeldía, todo intento de fuerza, se drenó de mi cuerpo al ver como mi padre le atravesaba la garganta. La asesinó a sangre fría sin pestañar siquiera. No intentó dialogar. No la dejo explicarse con fluidez. Ni siquiera tuvo compasión por los años que pasaron juntos. Solo alzo su daga y le corto el cuello de lado a lado. Intenté levantarme, acercarme a ella, sostener su cuerpo antes de que exhalara su último respiro, pero un tirón doloroso de mi cuero cabelludo me recordó que ya no tenía libertad, que ya no podía decidir por mí misma. Me había convertido en la propiedad de alguien tan déspota y sin corazón como mi padre, o tal vez mucho peor que él.

—¡Suéltame! —rugí, intentando contener la bilis que amenazaban con ahogarme—.

—¡CÁLLATE! No eres nadie para exigir nada. Metete en tu cabeza que eres ¡MÍA! y aprenderás a comportarte como se te indique. Ya sea por las buenas o por las malas.

Me rehusaba a ser reducida; a ser controlada por estos animales. Sí, es verdad, no me había transformado. Mi despertar no había sido exitoso. Pero no estaba sola, sentía la furia letal de mi loba hirviendo dentro de mí, aunque no lograba conectar con ella ni indicarle el cambio.

Mientras los guardias me arrastraban por el suelo de gravilla, perdiendo de vista el cuerpo sin vida de mi madre, inmóvil en un charco de sangre, sentí por primera vez una efímera conexión. No era con la luna, sino con alguien que estaba a kilómetros de distancia, encadenado en la oscuridad. Una mente fría y letal rozo la mía en un susurro que nadie más escuchó. ¨Resiste pequeña luz. Las sombras ya te están esperando¨.

Esa noche, no recibí una marca de apareamiento. Recibí el hierro candente de la expulsión. Fui despojada de mis ropas, rechazada por mi gente, humillada ante los guerreros que alguna vez me saludaron; y finalmente, entregada de rodillas a Mako, como un artículo desechable.

Las lágrimas bañaban mi rostro. El dolor y la frustración se mezclaban en un coctel que me devoraba el alma. La impotencia corría por mis venas como lava venenosa, y me negaba a terminar de esta manera. Volví a gruñir, mostrando mis dientes a Mako, como animal acorralado a punto de atacar. No tuve tiempo a reaccionar. Estaba tan perdida en mi duelo, en la ira que me envolvía como una segunda piel; que no vi venir el golpe. Su puño impacto contra mi mandíbula haciéndome caer de lado. El hilo de sangre de mi labio no había terminado de caer en la tierra cuando su bota impactó contra mi cabeza.

—Buenas noches, bastardita. Descansa, necesitaras de toda tu energía, mi pequeña esclava.

Sus palabras fue lo último que escuché antes de que la oscuridad me tragara.

Me desperté con un vaivén constante que me intensificaba todo el malestar de mi cuerpo. El traqueteo de la carretera era una tortura rítmica que enviaba punzadas de dolor a través de mis rodillas, obligadas a permanecer dobladas contra el suelo de madera astillada. Ya no estaba en el Circulo Lunar. Ni siquiera en el territorio de la manada. Me encontraba dentro de una jaula, encadenada y rodeada de guardias de Luna Carmesí. No era un carruaje digno de una heredera Thorne; era una jaula de madera astillada, hierro oxidado, estrecha y fría, diseñado para transportar ganado o bestias salvajes.

Fuera de los barrotes, el mundo que yo conocía se desvanecía en la penumbra del bosque, siendo reemplazado por nuevos caminos que me conducirían a mi infierno Carmesí.

—Mírala —escupió uno de los guerreros que cabalgaba a un lado de la jaula. Tenía el rostro marcado por cicatrices de guerra y una risa que sonaba a cristales rotos—. La supuesta heredera de Luna Sombría. La gran joya Thorne se ha dignado a despertar y honrarnos con su presencia. ¿Dónde está tu brillo ahora, ¨princesita¨?

Mi corazón se hundió al constatar mi desgraciada realidad. Mis muñecas y pies estaban inmovilizados por pesadas y viejas cadenas que rompían mi delicada piel. Mi cuerpo estaba mal cubierto por un harapo sucio y desgarrado.  Y los recuerdos de mi madre siendo cruelmente asesinada por el monstruo que llamaba papá, se repetían en mi mente como una secuencia maldita que no dejaban de revivirme una y otra vez esas imágenes macabras y desgarradoras. ¿Por qué todo tuvo que terminar así? Mi vida se fue por el desagüe en un pestañar de ojos. Pase de heredera a prisionera en un suspiro.

Un puñado de barro golpeó mi pecho sacándome de mis pensamientos. Bajé la cabeza, pero no por vergüenza, sino para ocultar el azul eléctrico que sentí destellar en mis ojos por fracciones de segundos.

—No pierdas tu tiempo, Greco —grito otro delta desde la vanguardia, provocando las carcajadas y burlas del resto—. Mako dice que es una mutante defectuosa. Ni siquiera tiene una loba que la proteja del frío. Es solo carne blanda para los perros de la Arena.

Las burlas me azotaban como látigos. Me llamaban ¨bastarda¨, ¨aberración¨ y ¨esclava¨.  Cada insulto era una piedra más sobre el muro que Mako había comenzado a construir para enterrar mi identidad. Él, sin embargo, no se rebajaba a insultarme. Cabalgaba varios metros por delante, sobre un semental negro, con la espalda recta y la arrogancia de quien acaba de saquear un templo.

—Madre… —susurré, con los labios agrietados y llenos de sangre seca—.

Me obligue a cerrar los ojos para no ver cómo nos alejábamos de las tierras de mi infancia. Busque en mi interior el calor del amuleto que ella había escondido en mi pecho. Seguía allí, un pequeño bulto de oro viejo que parecía latir suavemente contra mi piel, como un corazón secundario.

¨Tu sangre es más antigua de lo que ellos creen¨, me había dicho. ¿Qué significaba eso? ¿Qué había querido decirme con esas palabras? Porque ahora mismo mi sangre se sentía como hielo, como una maldición manchada por la desgracia.

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