La mirada oscura e intensa de El-Kan se encontró con la mía por medio segundo; haciendo que una electricidad extraña me pusiera la piel de gallina.
El estruendo de una trompeta resonó en el espacio dando comienzo al duelo. No había colmillos, ni hocicos alargados, pero los ojos de El-Kan… sus ojos ya no pertenecían a la humanidad; eran dos orbes que devoraban la luz.
El primer choque no fue un golpe, fue una explosión bruta. El rubio arremetió con el hombro, un impacto que habría destrozado el