Capítulo 1.2

Nos dirigimos al Círculo de la Luna, un anfiteatro natural de piedra blanca rodeado por el bosque frondoso y con un pequeño lago natural que reflejaba el cielo estrellado. El aire era gélido, pero yo sentía una fiebre que me consumía por dentro y que no sabría cómo explicar.

La manada entera observaba desde las sombras mientras yo me retiraba la capa que cubría mi vestimenta. Enseguida el aire frío rozo mi piel, haciendo que mis pezones se endurecieran bajo la delgada seda de mi vestido y atrayendo la atención de mi compañero.

—Deliciosa —murmuró Mako, su mirada devorándome de pies a cabeza. Sus palabras me enviaron una corriente desagradable por toda mi columna vertebral, pero mordí mi labio reprimiendo el impulso de retroceder.

Estaba de pie en el centro del estrado, siendo el foco principal de todos los presentes. Frente a mí, Mako Silbeiro sonreía. Era una sonrisa que no llegaba a sus ojos ámbar, una expresión de posesión pura. El chamán dio un paso al frente, alzando un puñal para el ritual de unión que se realizaría junto a mi transformación.

—¡Valkiria Thorne! —rugió— ¡Hija del invierno, sangre de nuestra sangre! ¡Heredera de la Luna Sombría! Hoy con la Luna de testigo y la Diosa Selena bendiciéndonos con el despertar de una Alfa-Luna. ¡Invoca a la bestia que duerme en tus venas! ¡Transfórmate y reclama tu lugar junto al heredero Carmesí!

Mako gruñó, encendiendo mi interior. El canto del chaman y sus seguidoras fue aumentando de volumen. La luz de la luna se intensificó, calentando mi piel como el sol en pleno verano. Cerré los ojos, buscando en mi interior ese calor ancestral, ese rugido que todo licántropo siente al cumplir los veinte años. "Despierta", suplico en mi mente. "Rompe la piel, deja salir al animal".

El dolor surgió a través de mí, debilitando mis piernas y haciendo que la temperatura de mi cuerpo se elevara. Me preparé para el dolor familiar de los huesos rompiéndose que tanto me había explicado mamá; para experimentar el estiramiento de los músculos y ver el pelaje marrón oscuro de los Thorne. Pero no llegó.

No hubo ese dolor agonizante del primer despertar. No hubo crujir de huesos ni el glorioso desgarro de la carne transformándose. Lo que hubo fue un frío glacial que nació en mi columna vertebral y se extendió como escarcha por cada rincón de mi ser, apagando el fuego inicial. Un silencio absoluto que se apoderó de mi mente. No escuché el aullido de un lobo, tampoco la voz de mi otra mitad, solo un canto bajo, casi inaudible, celestial y antiguo que parecía venir de las estrellas.

Conviértete en lobo. ¿Por qué no sales? Haz el puto favor de convertirte en lobo o te juro que…

Que nada. Mi interior se mantenía tal cual, no había nada abriéndose paso desde dentro, no escuchaba a esa voz en mi cabeza, ni una loba que se estuviera presentando ante su lado humano. Mi cuerpo se negaba a obedecer. Levanté la vista al cielo, pero la supuesta fuerza de atracción de la luna llena apenas me provoca un leve cosquilleo, esa simple sensación de cuando se te duerme una extremidad.

Tras un débil quejido, cerré nuevamente mis ojos, tratando de invocar mi despertar.

—¿Qué demonios ocurre? —la voz de Mako, cargada de impaciencia, rompió el trance en el que estaba sumergida—. ¡Transfórmate, maldita sea!

Su rugido retumbo por todo el espacio. Agarró mi cabello violentamente, obligándome a mirarlo. Su voz salió aguda, una mezcla de genio y desdén.

—¿Te atreves a desafiarme, maldita perra? ¿Pensaron que podían jugar conmigo? Prometieron una luna, no una loba que ni su trasformación es capaz de lograr.

—No puede ser… Esto debe ser un error —escucho a mi padre murmurar.

De repente, otra ola de calor sacudió mi cuerpo, haciéndome caer de rodillas contra el suelo. Apoyé mis manos en la tierra, sintiendo la lucha interna que me estaba destrozando. Avalanchas de frío y fuego me golpean por minutos, antes de detenerse por completo.

Mako dio un paso atrás, su rostro contorsionándose de la fascinación al asco.

—No se ha transformado —dijo alguien entre la multitud—. ¡Es una humana! ¡Una aberración!

—Peor que eso —escupió Mako, viendo cómo los ojos de Valkiria se tornaban de un azul zafiro tan profundo que parecían gemas—. Es una maldecida por la diosa. Un error genético. ¿Me has ofrecido una hembra defectuosa, Alfa Zeus?

No me había transformado. Seguía en mi forma humana, pero algo se había roto para siempre; lo sentía muy dentro de mí. Abrí los ojos, agitada, confundida; sin poder entender el jadeo colectivo que recorrió el anfiteatro. Me observé en la fuente lunar, quedándome estática por largos minutos. Mis ojos se expandieron ante el reflejo que veía frente a mí. El azul zafiro se volvió traslucido, como el cristal de un glaciar. Mis manos no tenían garras; en su lugar, mis venas brillaban, por instantes cortos, con una luz plateada bajo la piel. Mi cabello, antes negro como el ala de un cuervo, comenzó a decolorarse desde la raíz, transformándose en un rubio platino tan brillante que parecía emitir luz propia.

—¿Madre? —logré susurrar, buscando su mirada.

Ella estaba pálida, con las manos sobre la boca.

—¡Esto no es una Luna! —gritó Mako, señalándome con asco—. ¡Es una aberración! ¡Un error de la naturaleza!

Se acercó a mí, pero no con compasión, sino con una furia desatada por la humillación. Me agarró nuevamente del cabello, ahora plata, obligándome a mantenerme de rodillas sobre la piedra fría.

—Me prometiste una Alfa, una Luna fuerte y sumisa; y me entregas a una mutante sin loba —le espetó con roña a mi padre, quien retrocedió como si yo fuera un monstruo.

Me recorrió de arriba abajo con la mirada, como evaluando mi utilidad: esclava, abono para la tierra, incubadora de crías, caldo de huesos…

Puto cabrón.

La voz furiosa de Connor Silberio interrumpió a su hijo, aumentando la tensión.

—No es una aberración. ¿Nos trajiste una loba maldita? Ese color de cabello es un rasgo de la Manada Ocaso Blanco. Un linaje aniquilado y extinguido desde hace décadas. ¿Qué mierdas significa esto? ¿A qué estás jugando, Zeus?

Mi padre se giró hacia mi madre, levantándola en el aire con un agarre fuerte en su cuello.

—¡¿Qué es esto?! —su voz tronó con una decepción que me rompió el alma— ¡Respóndeme zorra! ¿De quién coño es este adefesio? ¡¿Dejaste que otro hombre tocara lo que es mío?! ¿Me hiciste criar por años, como mi hija, a una perra bastarda?

—¡No es una mutante… mucho menos una vergüenza! —gritó mi madre, tratando de zafarse de su agarre brutal— ¡Es tuya, Zeus! ¡Lo juro! ¡No sé qué está pasando! —sollozó.

Mi cabeza estaba a punto de explotar, cada palabra me golpeaba como un mazo y las preguntas se acumulaban en mi mente. ¿Por qué mi loba no despertó? ¿Zeus realmente no es mi verdadero padre? ¿Por qué mi cabello y ojos cambiaron? ¿Qué me está sucediendo? ¿Qué pasará ahora?

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