La mansión estaba sumida en un silencio absoluto cuando entramos a nuestra habitación. Dejamos las llaves sobre la cómoda y, sin encender las luces principales para no romper la atmósfera tenue que nos rodeaba, nos concentramos en buscar el lugar perfecto para el cuadro. Alessandro tomó el lienzo embalado y, con una paciencia que contrastaba con su usual rigidez, retiró las protecciones hasta dejar la pintura al descubierto bajo la luz indirecta de las lámparas de noche.
La silueta difuminada b