El beso, que había comenzado con una calma casi mística bajo la luna, se rompió para transformarse en algo completamente distinto en el segundo en que Alessandro apretó su agarre en mi cintura. Ya no había espacio para la paciencia ni para ir despacio. Su respiración se volvió pesada, ruda, y en sus ojos oscuros se encendió un destello de posesividad absoluta que me hizo contener el aliento. Me miraba como si fuera lo único real en su mundo, como si tuviera miedo de que me desvaneciera si me s