La oscuridad ya no era silencio. Ahora, gritaba. Fenrir yacía sobre el altar de piedra, con la piel pegada a los huesos, las venas inflamadas y los ojos abiertos en un delirio constante. No dormía. No despertaba. No vivía… pero tampoco moría. Selene lo mantenía atrapado entre dos mundos: el del dolor y el de la obediencia. La cadena de su brazo derecho estaba rota. El hierro negro, forjado con el lamento de almas muertas, había cedido. No por fuerza… sino por la duda. Por el recuerdo. Por ella.