Las mazmorras de la torre no eran como las de los cuentos. No tenían cadenas colgando ni barro en el suelo. Estaban hechas de piedra negra pulida, suave como el mármol, pero viva, respiraban. Se contraen con cada grito, se calentaban con cada maldición. Allí estaba Fenrir. Atado de pies y manos, colgado de una cruz metálica que lo obligaba a mantenerse erguido. Su cuerpo sudaba veneno y furia. Su pecho subía y bajaba con respiraciones animales. Llevaba días sin alimento. Apenas un poco de agua.