Estefanía deslizó el juego de llaves sobre la mesa de centro, observando al joven frente a ella.
—Podrás usarlo cuando cumplas los dieciocho —le dijo a Javier con voz pausada.
El muchacho agrandó los ojos.
—¿Un auto? ¿Para mí? ¿En serio?
Asintió, detallando con calma la sonrisa resplandeciente en el rostro de su hermano.
Javier no se contuvo. Se levantó, dio un salto y luego la abrazó con efusividad.
—¡Es increíble! ¡Gracias! ¡Gracias!
Estefanía sonrió apenas con la mirada perdida en la