Esa mañana, al abrir los ojos, se encontró con el rostro dormido de su esposo.
Estefanía se quedó quieta, observándolo en silencio. No pudo evitar perderse en la simetría perfecta de sus facciones, en sus labios finos, en la curva suave de su nariz y en esos párpados cerrados que guardaban una mirada tan profunda.
Allí estaba él: el hombre que amaba y aborrecía con locura.
El único que la hacía sentir completamente irracional.
Un segundo podría gritarle que lo quería lejos y, al siguiente, solo