—¡Ah, ah! ¡Sí, síii!
Tras ese último gemido intenso, sus párpados pesaron y el cansancio la venció por completo.
Cuando Estefanía volvió a ser consciente de sí misma, la oscuridad aún cubría la habitación.
Estaba desnuda, apenas cubierta con una sábana. Se enderezó desorientada, mirando a su alrededor. El reloj de la mesita de noche marcaba las tres de la mañana.
Una punzada en la vejiga la obligó a reaccionar; necesitaba ir al baño. Pasó la mano al otro lado de la cama, pero Cristian no estaba