Regresó el teléfono con cuidado a su lugar y se dio la vuelta.
Los pasos de Estefanía la llevaron directamente a la cocina, donde se sirvió un vaso de agua con la mirada perdida.
De pronto, su cuerpo se sacudió mientras los sollozos la rebasaban: una lágrima tras otra, hipidos y mocos.
Ni siquiera debería estar sorprendida. Maldición, ya lo sabía. Y, aun así, se permitía engañarse a sí misma.
Era tan patética y tonta. Se odiaba más que a él, y eso ya era mucho decir.
Cuando Estefanía regresó a