Graciela no pudo controlar el latido desbocado de su pecho mientras aquella mujer pasaba por su lado, sosteniendo un paño y un atomizador de limpieza.
Sus ojos, desorbitados y cargados de pánico, buscaron al hombre que permanecía de pie al otro lado del escritorio.
Cristian la estaba mirando fijamente y entonces su corazón, de por sí inestable, dio un salto violento.
Él no lo sabía, ¿verdad? No, no podía saberlo.
Una inexplicable sensación de ahogo la invadió. El aire comenzó a ser insuficie