Estefanía cerró los ojos con fuerza.
La presión hizo que las lágrimas corrieran libremente por sus mejillas, mientras que ella, con la mente en otro sitio, imaginaba que eran las manos de su madre que acariciaban su rostro.
Sin embargo, el autoengaño no duró mucho.
Habían pasado ocho años desde que perdió a su progenitora. Por las noches seguía soñando con sus caricias.
Las manos de su mamá eran pequeñas, de dedos suaves; con un simple toque siempre le llenaban el pecho de calidez.
Ahora, en ca