Estefanía siguió a Javier hasta la recámara, solo para que el chico le cerrara la puerta de lleno en la cara.
—¡Javier, abre, por favor! —suplicó aferrándose a la perilla, mientras sus piernas se debilitaban.
Giró el metal con desespero una, dos, tres veces, pero el seguro bloqueaba cualquier intento. Sin embargo, no se rindió.
—¡Javier, te lo pido, escúchame un momento!
En este punto no sabía qué iba a decirle. Solo sabía que no quería volver a ver la decepción en sus ojos.
No lo soportaba.
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