La opresión en su pecho no cesó.
Estefanía no estaría tranquila hasta hablar con Javier, pero eso no le importaba a Cristian.
Con la cabeza gacha, caminaba detrás de él, manteniendo la mirada fija en sus zapatos, obligándose a quedarse tres pasos por detrás.
Se sentía ridícula con el traje formal que le había pedido usar.
Él le indicaba qué decir, cómo comportarse, qué ropa ponerse; era como una marioneta a la que manejaba a su antojo.
—Entra —ordenó cuando el ascensor privado abrió sus puertas