La mansión Kóvach, tan vasta y silenciosa durante el día, adquiría una cualidad mágica al anochecer. Las luces tenues de los candelabros se reflejaban en los pisos de mármol pulido, y el susurro de la brisa entraba por los altos ventanales, portando el aroma a pino del inmenso jardín mezclado con el aroma del mar.
Damon, con una copa de whisky en la mano, recorría los pasillos con una calma que Harper envidiaba. La veía jugar con Peter en el salón de juegos, una escena que se había vuelto cotid