La mansión Kóvach, acostumbrada a la soledad aristocrática, había sido transformada en un opulento escenario para la élite.
El gran vestíbulo, con sus techos abovedados y columnas de mármol, resplandecía bajo la suave luz de las arañas de cristal.
El eco de las risas y las copas chocando llenaba el aire, acompañado por la música de un cuarteto de cuerdas en vivo que tocaba melodías clásicas.
Cientos de invitados, vestidos de gala y con máscaras extravagantes, se movían entre las conversaciones,