La sensación de movimiento cesó de forma brusca. El traqueteo del vehículo se apagó, seguido por el sonido de portazos y voces amortiguadas. A Lucía, aún con la capucha puesta, la bajaron a empujones y la hicieron caminar unos pasos sobre una superficie irregular, fría como la losa de una tumba. Un olor a tierra húmeda, moho y lejía barata le llenó las fosas nasales. Bajaron unos escalones estrechos, sus pies tropezando en los bordes desgastados.
Finalmente, le quitaron la capucha.
La luz era tenue, proveniente de unas bombillas desnudas colgando de un cable en un techo bajo de vigas de madera y ladrillo visto. Estaban en un sótano amplio, rectangular, que claramente había sido adaptado a toda prisa. En lugar de jaulas, había colchonetas finas y sucias dispuestas en el suelo, como en un campamento de refugiados de pesadilla. En un rincón, una puerta entreabierta mostraba un cuarto de baño espartano con un inodoro, un lavamanos y una ducha con cortina raída. Era, en cierto modo, una me